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Mujeres maya ixiles: ejemplo de dignidad y persistencia


Por Lucrecia Molina Theissen

El 10 de mayo de 2013 en Guatemala es una fecha que pasó a la historia. Ese día, en el que se celebra a las madres en una fiesta comercializada y patriarcal, el Tribunal A de Mayor Riesgo, condenó al ex general Efraín Ríos Montt a ochenta años de prisión inconmutables por genocidio y delitos contra los deberes de humanidad. El que una vez fuera el hombre más poderoso del país, el jefe de una cúpula militar que llevó a la práctica el plan de exterminio del pueblo maya ixil, fue hallado culpable de la muerte de 1 771 mujeres y hombres de todas las edades. En la perversa lógica contrainsurgente, fueron configurados como enemigos a quienes debía exterminarse para erradicar su voluntad de lucha contra la opresión y el despojo. La acusación del Ministerio Público y las víctimas sobrevivientes, agrupadas en la Asociación Justicia y Reconciliación (que tuvo el apoyo de organizaciones de derechos humanos y sus equipos de abogados/as), estaba dirigida, además, al ex jefe de la G2 (inteligencia militar) que salió absuelto y otros dos militares que no se presentaron debido a motivos de salud.

El 19 de marzo se inició la tercera parte de este proceso judicial en un país en el que los terroristas de Estado se aseguraron la impunidad de los más ominosos crímenes. En la sala de audiencias de la Corte Suprema de Justicia ocurrieron milagros. El 2 de abril Elena, Juana, Ana, Carmen, Margarita, otra Ana, Magdalena y otra Magdalena, envueltas en sus rebozos coloridos, jardines caminantes, se presentaron ante el tribunal de juicio con los rostros cubiertos. Las que entonces fueran proscritas, perseguidas, objetos deshumanizados asesinables, llegaron desde Nebaj, Chajul y San Juan Cotzal ataviadas con sus trajes prohibidos. En su idioma, también prohibido, despacito, conteniendo las lágrimas, echaron a volar tales congojas que se oscureció el cielo. Por primera vez, públicamente, se conocieron los actos inhumanos a los que fueron sometidas, todos ellos bajo la etiqueta de violencia sexual. De sus pechos, volcanes dormidos, en erupción sanadora brotó la lava de verdades horrendas guardadas por treinta años.

Sus testimonios sobre las torturas y los asesinatos de sus padres y hermanos, las violaciones y maltratos terribles contra sus madres, hijas y hermanas y la esclavitud sexual y laboral en las que se les sumió a las sobrevivientes, fueron piedras cayendo sobre los techos de las buenas conciencias oligarcas. La ceniza que brotó de sus bocas oscureció las estrellas de los generales, recibidas en guerra de cobardes ensañados con la gente más humilde e indefensa: las niñas y las mujeres de maíz, cuyos cuerpos, dadores de vida, fueron transformados en doloridos territorios de la muerte.

Jazmín Barrios (al centro) presidió ayer la audiencia de resarcimiento a las víctimas de genocidio. Foto Rafael Rosales/s21Al frente las escuchaba otra mujer: la jueza Iris Jassmin Barrios Aguilar, presidenta del tribunal, que con dignidad y valentía admirables se mantuvo firme e imbatible ante los ataques de la defensa. Misóginos y racistas, los abogados no cesaron de intentar debilitar su autoridad y su entereza moral vociferando en la sala o con decenas de argucias jurídicas sin ética alguna, a las que continúan recurriendo para evitar que la sentencia sea ratificada por los tribunales superiores. El tribunal está integrado, además, por Patricia Isabel Bustamante García y Pablo Xitumul de Paz.

Este proceso fue posible también gracias a la decisión de Claudia Paz y Paz, la fiscal general de la república, que desde su puesto ha resistido los ataques rastreros de los militares y sus cómplices, que siguen afanándose por deslegitimar su desempeño. Desde antes y con otros procesos, otras mujeres han abierto el camino con su tenacidad y su exigencia de justicia. A mi mente llegan los nombres de Aura Elena Farfán, Helen Mack, Rigoberta Menchú, Rosalina Tuyuc y Blanca Rosa Quiroa, entre millares de hermanas, hijas, esposas y madres de las innumerables víctimas asesinadas, masacradas, torturadas o desaparecidas en la vorágine del terrorismo estatal. Tampoco puedo olvidarme de mi madre ni de su hijo desaparecido, mi hermano, cuando solo tenía 14 años.

Estos hombres viles, y muchos otros que ojalá sean llevados al banquillo de los acusados, que escucharon imperturbables los testimonios de sus víctimas, fracasaron en su intento de acabar al pueblo maya ixil “hasta la semilla”. Ante ello, cobra sentido el verso del poeta Otto René Castillo, asesinado en 1967 por otra generación de genocidas, “nada podrá contra la vida porque nada pudo jamás contra la vida”.

Fue vida lo que aconteció en los treinta días que duró la tercera etapa del juicio por genocidio, junto con el anhelo visceral de justicia sostenido por la dignidad de las mujeres y hombres ixiles que se atrevieron a romper el silencio y, afrontando el olvido, el rechazo, el odio, el racismo, pusieron a prueba dos visiones de mundo: la de la justicia y la verdad y la de la impunidad y el cinismo. Otro país deberá surgir después de esto, uno en el que se haga realidad el “nunca más”, en el que pasito a pasito derrotemos el modelo excluyente, oligárquico, patriarcal y racista que ha prevalecido desde hace más de 500 años, para construir un país en paz en el que la vida sea un valor sagrado.

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“Vengo por Justicia” -Juicio por Genocidio, Testimonios sobre Violencia Sexual


Publicado en Prensa Comunitaria el día 2 de abril 2013.

Foto Reportaje
Cristina Chiquin  
 
Durante la jornada del juicio por Genocidio, día 2 de abril, se escucharon los testimonios de 10 mujeres Ixiles víctimas y sobrevivientes de violencia sexual y otras violaciones a sus derechos humanos por parte del Ejército de Guatemala. Los hechos narrados sucedieron durante los años 1982 y 1983.

Con el rostro parcialmente cubierto, una a una, las mujeres entraron en la sala de audiencias.

“Nos tuvieron por 15 días en un calabozo, en el charco de sangre de toda la gente que habían matado… a mi hija la cacharon, 4 soldados… la violaron y ella lloraba”

La segunda testigo narró sobre la violación sexual que vivió a sus 12 años a manos de soldados Guatemaltecos.

“Tenía 12 años me llevaron al destacamento con otras mujeres allí me amarraron los pies y las manos… me pusieron un trapo en la boca…y me empezaron a violar…yo ya ni sabía cuántos pasaron…perdí la conciencia…y ya la sangre solo corría…..luego ya no podía ni levantarme ni orinar…”[1]

La mayoría de ellas denotaba en su voz el dolor de los años de silencio, la valentía al dar su testimonio frente a la sala de audiencias y los jueces que presiden el debate oral y público pero, sobre todo, ante la mirada de los acusados.

Las lágrimas de muchas de las testigos provocaron emociones a las personas presentes; una de ellas especifico cómo conoció a Ríos Montt, pues en el momento de los hechos los soldados le dijeron que las órdenes venían de la presidencia.

“Nuestro presidente ordenó que se vayan todos los Ixiles”


“Nos llevaron a un cuarto los ejércitos”

El uso de la violación sexual fue un arma utilizada por el Ejército de Guatemala. Esto generó terror, miedo y silencio. Hasta el día de hoy sigue causando tristeza y tiene repercusiones físicas, emocionales y sociales a las sobrevivientes y a la comunidad.

¿Qué sienten sus corazones?

“No estoy bien ahora me duele el corazón, no somos ladrones”

“Pido Justicia”

“Vengo aquí a declarar por la tristeza que me provocaron en ese tiempo y vengo por justicia”

 De esta manera 10 mujeres marcaron con su historia la búsqueda de justicia y de ser escuchadas. Ellas son la muestra de los vejámenes vividos por otras muchas mujeres y son ellas quienes, a través de su cuerpo, su voz y su vida, hoy estuvieron frente a la historia de todo un país que espera se reconozca y se haga Justicia por el Genocidio ocurrido.

Por la tarde se presentaron las pruebas de parte del MP y la parte querellante. El día 3 de abril se retomará los testimonios de hombres y mujeres Ixiles. Será otra jornada donde se espera se sienta viva la historia del país tan necesitado de la reivindicación de la memoria y la verdad.

Mujeres de diferentes lugares presentes en la audiencia.
La  firmeza de una flor que muestra la esperanza de un pueblo.
Rigoberta Menchú , Premio Nobel de la Paz se hizo presente en la audiencia.
Mujeres en solidaridad con las testigos se cubren el rostro.
Testimonio de Mujer Ixil
Emociones durante la audiencia, cansancio, tristeza, fuerza
José Rodríguez Sánchez
Efraín Ríos Montt
Manta de la Memoria colacada a las afueras de la Torre de Tribunales
Justicia
Revisión de Pruebas
Mujeres compartiendo y presenciando la audiencia

CCR/eq